El silencio en la habitación de Zeynep era un peso insoportable. Ella se encontraba hundida en la cama, con el cuerpo convulsionando por el llanto que intentaba reprimir sin éxito. Ariel, de pie junto a la ventana, la observaba con una mezcla de lástima y una frialdad analítica que ponía los pelos de punta.
—Cálmate, Zeynep —dijo Ariel, acercándose con pasos felinos—. No puedes permitir que te vean así. Te traeré un té para que los nervios dejen de traicionarte. Está todo bajo control, por ahor