Zeynep caminaba sin rumbo por las calles de Estambul, con la visión borrosa por las lágrimas que no dejaban de brotar. Cada paso que daba sentía que se alejaba más de la vida que había construido, de la identidad que había asumido y, lo más doloroso, de su hijo. El peso del secreto revelado por Azra la aplastaba; sentía que el suelo bajo sus pies se abría para tragarla.
De pronto, el chirrido de unos neumáticos rompió el silencio de su desesperación. Un auto negro, imponente y blindado, se esta