En la suite presidencial del Hotel Lumière, el lujo no era una comodidad, sino una declaración de guerra. Azra permanecía de pie frente al ventanal de piso a techo, observando las luces de la ciudad como si fueran gemas esparcidas sobre un manto negro. En su mano derecha, sostenía una copa de cristal con un vino tan rojo que parecía sangre bajo la luz de los candelabros.
Su mente era un campo de batalla donde ya se habían trazado todas las trincheras. No le bastaba con recuperar su estatus; que