Zeynep detuvo el coche frente a la fachada acristalada del restaurante Bósforo Azul. El motor aún vibraba bajo sus pies, un eco de la rabia que le recorría las venas, pero ella no se bajó de inmediato. Se miró en el espejo retrovisor, enfrentándose a la imagen de una mujer con los ojos enrojecidos y el alma deshilachada. Respiró hondo, una, dos, tres veces, hasta que el temblor de sus manos disminuyó.
—No me verás destruida, Kerim —susurró para sí misma, con una voz que sonaba a sentencia—. No