La suite del hotel de Abram estaba sumida en una penumbra artificial, con las pesadas cortinas de terciopelo apenas dejando filtrar un hilo de luz plateada. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía que crispaba los nervios. Zeynep cruzó el umbral con la elegancia de una reina que visita su calabozo más oscuro. Al entrar, lo vio: Abram estaba sentado en el borde de un sillón de cuero, con la espalda encorvada y las manos entrelazadas sobre su cabeza, en una postura de derrota absoluta.
Zeynep se detuvo frente a él, dejando que el silencio se prolongara hasta que se volvió asfixiante. Con un gesto gélido, dejó su bolso sobre la mesa de mármol.
—¿Qué tienes, Abram? —soltó ella con una voz que cortaba como el cristal—. No me digas que tú también estás triste por lo que le pasó a tu "querida" Azra. Sería la ironía más patética de esta mañana.
Abram levantó la vista lentamente. Sus ojos estaban inyectados en sangre, no de llanto, sino de un cansancio que parecía nacer de los huesos.