La suite del hotel de Abram estaba sumida en una penumbra artificial, con las pesadas cortinas de terciopelo apenas dejando filtrar un hilo de luz plateada. El aire acondicionado zumbaba con una monotonía que crispaba los nervios. Zeynep cruzó el umbral con la elegancia de una reina que visita su calabozo más oscuro. Al entrar, lo vio: Abram estaba sentado en el borde de un sillón de cuero, con la espalda encorvada y las manos entrelazadas sobre su cabeza, en una postura de derrota absoluta.
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