Baruk y Selim bajaron al comedor principal. La mesa estaba servida con opulencia: frutas frescas, quesos, panes artesanales y el aroma penetrante del café turco. Ariel ya estaba sentada, manteniendo una postura rígida, con los ojos fijos en su plato.
—Buenos días, señor Baruk —dijo Ariel; su voz era un hilo de cortesía forzada. Baruk se sentó en la cabecera, analizando cada gesto de su nuera. —Buenos días. ¿Y los demás? ¿Dónde están?
Ariel levantó la vista, mostrando unas ojeras que el maquillaje no lograba ocultar. —Emmir salió muy temprano. Dijo que tenía mucho trabajo acumulado en la oficina. —Umm... —murmuró Baruk, desconfiado—. ¿Tan temprano?
Selim intervino, mirando hacia la escalera. —¿Y Kerim y Zeynep? ¿Aún no se han levantado?
Una empleada, que terminaba de colocar los cubiertos, respondió en voz baja: —El señor Kerim y la señora Zeynep salieron temprano también, señora Selim. Selim dejó caer su servilleta, la preocupación marcando su rostro. —¿A dónde fueron tan temprano? Ba