Baruk y Selim bajaron al comedor principal. La mesa estaba servida con opulencia: frutas frescas, quesos, panes artesanales y el aroma penetrante del café turco. Ariel ya estaba sentada, manteniendo una postura rígida, con los ojos fijos en su plato.
—Buenos días, señor Baruk —dijo Ariel; su voz era un hilo de cortesía forzada. Baruk se sentó en la cabecera, analizando cada gesto de su nuera. —Buenos días. ¿Y los demás? ¿Dónde están?
Ariel levantó la vista, mostrando unas ojeras que el maquilla