Emir entró a la casa junto a Sofía. Cerró la puerta con un suspiro y dejó las llaves sobre la mesa del recibidor.
—Quédate aquí, en la sala —le dijo con voz suave, sin mirarla directamente.
Sofía asintió y se sentó en el sofá, algo nerviosa. Era una casa enorme, elegante, llena de retratos familiares, lámparas doradas y el aroma de flores frescas.
Todo le resultaba nuevo, casi ajeno.
En ese momento, Ariel, la esposa de Emir, bajaba las escaleras con su pequeña hija Melody.
—¡Papá! —exclamó la n