El rugido del motor del auto de Kerim era el único sonido que llenaba el habitáculo, un espacio que se sentía cada vez más pequeño, asfixiante y cargado de una tensión eléctrica. Kerim manejaba con los nudillos blancos, alejándose de la mansión a toda velocidad. Sabía que las paredes de la casa de sus padres tenían oídos y que, con los gritos que ambos habían intercambiado en la habitación, el escándalo ya era inminente. Necesitaba el aislamiento de la carretera, el anonimato de la noche.
Zeyne