El rugido del motor del auto de Kerim era el único sonido que llenaba el habitáculo, un espacio que se sentía cada vez más pequeño, asfixiante y cargado de una tensión eléctrica. Kerim manejaba con los nudillos blancos, alejándose de la mansión a toda velocidad. Sabía que las paredes de la casa de sus padres tenían oídos y que, con los gritos que ambos habían intercambiado en la habitación, el escándalo ya era inminente. Necesitaba el aislamiento de la carretera, el anonimato de la noche.
Zeynep, con la mirada fija en el asfalto que desaparecía bajo las luces de los faros, sentía que cada kilómetro la alejaba más de la mujer que solía ser.
—Detén el auto —dijo con una voz que cortó el aire como una cuchilla—. ¡Detén el auto ahora, Kerim!
Kerim la miró de reojo, viendo la determinación suicida en sus ojos. Frenó bruscamente a la orilla de una carretera solitaria, flanqueada por árboles que parecían garras en la penumbra. Antes de que el auto terminara de detenerse por completo, Zeynep