Zeynep cerró la puerta de su habitación con el corazón martilleando contra sus costillas. Sus manos, aún temblorosas por el encuentro con Abram, se dirigieron instintivamente al armario. Sacó la maleta de cuero oscuro y la arrojó sobre la cama.
—Veamos qué piensas ahora, Kerim… —susurró mientras empezaba a doblar su ropa con movimientos mecánicos—. Veamos si de verdad me dejarás ir o si todo este tiempo solo he sido una pieza de ajedrez para ti.
Se detuvo un momento, con un vestido de seda entre los dedos. Una duda gélida la asaltó: ¿Y si no me detiene? ¿Y si simplemente me deja ir?. Sacudió la cabeza para alejar el pensamiento. No, ella conocía a los Seller. Kerim sabía que ella era el único pilar que sostenía la vida de Evan; ella era la madre que él mismo había comprado para su hijo. No la dejaría ir tan fácilmente. Volvió a empacar, esta vez con más prisa, como si cada prenda fuera un ladrillo que construía su libertad o su sentencia.
Mientras tanto, en el comedor, el ambiente era