La habitación de Zeynep en la mansión Seller solía ser su refugio, pero ese día se sentía como una sala de espera para el desastre. Evan dormitaba a su lado, ajeno a las tormentas de los adultos, cuando el teléfono de Zeynep vibró. Era Abram.
—¿Dime que son buenas noticias, Abram? —preguntó ella, con la voz cargada de cansancio.
Al otro lado, la risa de Abram sonó profunda y cargada de una satisfacción oscura.
—Mejor que buenas, Zeynep. Ya no tienes que preocuparte por Carlos. Le quité el dinero. El idiota cayó en una trampa de manual y recuperé hasta el último centavo que le entregaste.
Zeynep se incorporó en la cama, con los ojos muy abiertos. El corazón le dio un vuelco.
—¿Qué hiciste qué? ¿Le robaste? Abram, ¿estás loco? Si ese hombre sospecha que fui yo...
—Él no sospecha nada de ti, se lo llevó un "motociclista anónimo" —dijo Abram, restándole importancia—. Ese imbécil se lo merecía por intentar extorsionarte. Además... —hizo una pausa táctica—, sé que tú no tienes liquidez ahor