La habitación de Zeynep en la mansión Seller solía ser su refugio, pero ese día se sentía como una sala de espera para el desastre. Evan dormitaba a su lado, ajeno a las tormentas de los adultos, cuando el teléfono de Zeynep vibró. Era Abram.
—¿Dime que son buenas noticias, Abram? —preguntó ella, con la voz cargada de cansancio.
Al otro lado, la risa de Abram sonó profunda y cargada de una satisfacción oscura.
—Mejor que buenas, Zeynep. Ya no tienes que preocuparte por Carlos. Le quité el diner