El mandato del patriarca
El sonido del motor del coche de Kerim aún resonaba en la mente de Zeynep cuando cruzó el umbral de la entrada principal. La casa se sentía inmensa y hostil sin él. Sin embargo, no tuvo tiempo para la melancolía.
Al entrar en la sala de estar, se encontró con la figura imponente de Baruk Seller. El patriarca estaba de pie junto a la chimenea apagada, revisando unos documentos con el ceño fruncido. Al escuchar los pasos de su nuera, levantó la vista.
—Ah, tú, Zeynep —dijo Baruk, sin preámbulos, cerrando la carpeta que tenía en las manos—. Hija, qué bueno que regresas. Se me había olvidado decirte algo importante antes de que Kerim se fuera.
Zeynep se detuvo, alisándose el vestido instintivamente.
—Dígame, señor Baruk.
Baruk caminó hacia ella con paso lento, emanando esa autoridad que hacía temblar a sus empleados.
—Tú manejarás las operaciones de la nueva alianza turística —sentenció él, como si fuera un hecho consumado—. Y no quiero excusas. Sé que tienes much