El reloj de pared en el pasillo marcaba las diez de la noche. La mansión Seller, habitualmente un bullicio de actividad, había caído en un silencio sepulcral. Baruk y Selim se habían retirado a sus aposentos, agotados por la tensión de la cena. Ariel se había encerrado en su habitación, probablemente planeando su próxima jugada. Y Kerim... Kerim no estaba.
Zeynep se asomó al pasillo, con el corazón latiéndole en la garganta. Llevaba un abrigo ligero sobre los hombros y sostenía sus zapatos de t