El reloj de pared en el pasillo marcaba las diez de la noche. La mansión Seller, habitualmente un bullicio de actividad, había caído en un silencio sepulcral. Baruk y Selim se habían retirado a sus aposentos, agotados por la tensión de la cena. Ariel se había encerrado en su habitación, probablemente planeando su próxima jugada. Y Kerim... Kerim no estaba.
Zeynep se asomó al pasillo, con el corazón latiéndole en la garganta. Llevaba un abrigo ligero sobre los hombros y sostenía sus zapatos de tacón en la mano para no hacer ruido sobre la madera crujiente.
—Es ahora o nunca —pensó.
Bajó las escaleras como una sombra, esquivando los escalones que sabía que chirriaban. Al llegar a la puerta principal, se calzó rápidamente y empujó la pesada hoja de madera.
El aire fresco de la noche golpeó su rostro, pero en lugar de frío, sintió alivio. Era aire de libertad, aunque fuera momentánea.
Caminó apresuradamente hacia el portón de salida, pero antes de que pudiera cruzarlo, dos figuras uniform