Guardé una gran suma en el banco de lo que nos diste, y he hecho algunas... inversiones.
Zeynep sonrió, casi llorando de alivio.
—Entonces... ¿cuento contigo?
—Así es —dijo Abram, y su sonrisa se afiló—. Pero esto es un negocio, Zeynep. El dinero tiene un costo. Tú me pagarás un diez por ciento de todo lo que te preste.
Zeynep parpadeó. La gratitud se enfrió un poco. Abram no era un salvador desinteresado; era un prestamista.
—¿Un diez por ciento? —preguntó ella.
—Es justo, ¿no? Estoy arriesgan