Guardé una gran suma en el banco de lo que nos diste, y he hecho algunas... inversiones.
Zeynep sonrió, casi llorando de alivio.
—Entonces... ¿cuento contigo?
—Así es —dijo Abram, y su sonrisa se afiló—. Pero esto es un negocio, Zeynep. El dinero tiene un costo. Tú me pagarás un diez por ciento de todo lo que te preste.
Zeynep parpadeó. La gratitud se enfrió un poco. Abram no era un salvador desinteresado; era un prestamista.
—¿Un diez por ciento? —preguntó ella.
—Es justo, ¿no? Estoy arriesgando mi capital. Además, tú tendrás acceso a la fortuna de los Seller pronto. Podrás pagarme.
Zeynep no tenía opción. Necesitaba silenciar a Carlos.
—Está bien —dijo ella, decidida—. Trato hecho. Solo consigue ese dinero. Lo necesito mañana mismo.
—Mañana lo tendrás.
Zeynep tomó un sorbo largo de su frappé, sintiendo el frío bajar por su garganta. Miró su reloj. El tiempo de su escapada se agotaba.
—Ahora sí, tengo que irme —dijo, poniéndose de pie—. No puedo llegar tan tarde a la mansión. Si Keri