Kerim tomó su abrigo con gesto impaciente. El silencio del apartamento pesaba tanto que casi podía oír el tic-tac del reloj marcando la distancia entre ellos. Se disponía a salir cuando, de pronto, el teléfono comenzó a sonar.
El sonido llenó el aire como un recordatorio de la realidad que ambos querían evitar.
Zeynep lo miró. Kerim, desde la puerta, se giró apenas, cruzando su mirada con la de ella. No dijo nada, pero sus ojos fríos bastaron para que ella entendiera que no debía responder esa