—Yo sé lo que tú quieres escuchar, Zeynep —dijo él, su voz bajando de tono, volviéndose más grave e íntima—. Y a veces reaccionas como si no oyeras lo que quieres. O como si te defendieras de mí.
Zeynep apretó los ojos, sintiendo que cada palabra de él derribaba una de sus defensas.
—No me interesa escuchar nada de lo que me digas —mintió ella con voz temblorosa—. Escúchame, Kerim...
—No quiero hacerte enfadar de nuevo —la interrumpió él, ignorando su protesta—. Esto es duro para mí también. Yo