—Yo sé lo que tú quieres escuchar, Zeynep —dijo él, su voz bajando de tono, volviéndose más grave e íntima—. Y a veces reaccionas como si no oyeras lo que quieres. O como si te defendieras de mí.
Zeynep apretó los ojos, sintiendo que cada palabra de él derribaba una de sus defensas.
—No me interesa escuchar nada de lo que me digas —mintió ella con voz temblorosa—. Escúchame, Kerim...
—No quiero hacerte enfadar de nuevo —la interrumpió él, ignorando su protesta—. Esto es duro para mí también. Yo no he podido prometerte lo que quizás esperas. El compromiso me da miedo, Zeynep. Yo no pedí esto. No pedí casarme así, de golpe.
Zeynep apretó sus manos contra el pecho. Le dolía escucharlo, pero al mismo tiempo, agradecía su honestidad. Se giró lentamente para mirarlo. En la penumbra, los ojos de Kerim brillaban con una mezcla de confusión y deseo.
—¿Acaso no tenías mucho sueño? —atacó ella, defensiva—. ¿Sigues hablando? Bla, bla, bla... ¿No dejas de hablar? ¿Quieres dormirte ya, por favor?
É