La Revelación en la Oscuridad
Carlos no dejaba de mirarla. Ya no era una mirada de negocios, ni siquiera de cortesía. Era una mirada de lujuria y posesión. La miraba como si fuera una propiedad que había perdido y acababa de reencontrar.
Ariel, sentada en el sofá con su taza de té intacta, observaba la escena con la precisión de un francotirador. No miraba a Zeynep, miraba a Carlos. Conocía a los hombres como él: depredadores. Y conocía esa mirada.
«Este hombre conoce a Zeynep de algún lado», p