La tormenta que se había cernido sobre Estambul finalmente descargaba su furia contra los ventanales de la mansión Seller. El repiqueteo incesante de la lluvia creaba una barrera acústica que aislaba la habitación principal del resto del mundo, convirtiéndola en un escenario íntimo y claustrofóbico.
Zeynep estaba sentada en la mecedora, en un rincón de la habitación en penumbra. En sus brazos, el pequeño Evan succionaba los últimos restos de su biberón nocturno. Era una escena de paz doméstica,