El saber que no me había casado con un mafioso que ahora era presidente, sino con un exjefe de la mafía, lo cambiaba todo para mí. Volvía ese matrimonio más peligroso, y era un riesgo que yo jamas había aceptado.
—¿Debería saber algo especifico de usted, Herr? —me atreví a verlo al fin, hablando con una voz sarcástica y afilada—. ¿Hay algo que oculte de mí?
Su rostro se crispó.
—No juegues, dime que sabes.
—¡Usted es el que juega conmigo! —terminé alzando la voz, sintiendome estafada—. Era