—No saldrás. No hablaras con nadie. No harás nada sin mi permiso.
Su expresión, acompañada de esa autoritaria voz alemana, no admitía discusión. Y yo no protesté. No podía. Solo asentí con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar.
—Sí alguien intenta lastimarte otra vez...
Su voz se desvaneció cuando se levantó y se quitó la chaqueta. La puso en mis hombros. Se quedó de pie frente a mí, con su mirada fija en mi rostro lloroso. Había frustración en sus ojos, pero tamb