Hans condujo a toda velocidad por las calles desiertas, con las manos firmes sobre el volante y la mirada fija en el camino. Yo, sentada en el asiento trasero, apenas podía contener las lágrimas. Mi bebé, como si percibiera mi angustia, lloraba desconsoladamente en mis brazos. Intenté calmarlo, pero mi propio temblor lo alteraba aún más.
—¿A dónde vamos? —pregunté con la voz quebrada, intentando mantener la calma.
Hans no respondió de inmediato. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos revisaban c