La noche había caído sobre Berlín, y la ciudad, vibrante y luminosa, parecía ajena al caos que se desataba en mi interior. Estaba sentado en mi despacho, con las manos entrelazadas sobre la mesa de caoba, intentando procesar las palabras de Christian. Su voz aún resonaba en mi cabeza, como un eco que no lograba disiparse.
—Sasha es el traidor —había dicho, con una certeza que me heló la sangre, entrando a mi despacho con una actitud descontrolada—. Emma me pidió investigarlo hace un tiempo, cua