Dormí durante todo el viaje, pero desperté de un sobresalto cuando el avión aterrizo con una sacudida. Al ver por la ventana, sonreí con alivio; el sol era cálido y la vista muy diferente. Después de una semana encerrada con ese hombre, en su gran casa, lejos de todo, finalmente estaba de regreso en mi tropical país. A salvo. Durante todo el vuelo, solo había pensado en mi prometido, en la angustia que debía estar viviendo al no saber de mí. Ya ansiaba verlo, abrazarlo y decirle lo mucho que lo había extrañado. Sí antes estaba ansiosa de casarme, ahora lo deseaba más, porque el hecho de estar lejos de él me hizo darme cuenta de que sí me casaba, solo sería con él. El taxi me dejó frente a la casa donde vivíamos juntos desde hacía dos años. Era una casa modesta a las afueras, muy distinta al enorme palacio de ese tipo, con un pequeño jardín que Christian había heredado. Arrastrando los pies por el agotamiento, subi los escalones del porche, con el corazón latiéndome con fuerza, con u
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