El aire en la cabaña era denso, cargado de tensión y miedo. Sasha se paseaba lentamente de un lado a otro, como un león enjaulado, mientras los hombres de la mafia comenzaban a llegar. Uno tras otro, cruzaban la puerta, sus rostros endurecidos y sus ojos oscuros como pozos sin fondo. Algunos saludaban a Sasha con inclinaciones de cabeza, otros con palmadas en la espalda, como si fueran viejos amigos que se reencontraban después de mucho tiempo.
Yo permanecía sentada en la silla, inmóvil, con la