Mundo ficciónIniciar sesión"PRESENCIÉ UN CRIMEN Y ME SILENCIÓ CON UN MATRIMONIO" Emma presencia un asesinato en un crucero durante la fiesta de compromiso del candidato presidencial alemán Maximilian Müller. El crimen: un sicario de la mafia arrojado al mar. Maximilian, quien tiene nexos con la mafia alemana, descubre que Isabella es testigo. Justo antes del anuncio, su prometida ha huido con su amante. Para silenciar a Emma y llevar a cabo la fiesta sin demoras, Maximilian la presenta como su nueva prometida.
Leer másLa música vibraba en el aire, una mezcla de ritmos contagiosos y risas bajas, mientras yo me abría paso entre la multitud, en la fiesta de compromiso más esperada del año. En el lujoso crucero, los destellos de las luces caribeñas reflejaban la opulencia de la vida del candidato presidencial alemán que daría a conocer a su prometida esa noche, solo meses antes de las elecciones nacionales. Era una fiesta que anticipaba su futuro triunfo.
Con el suave tintineo de unos tacones rentados, como el vestido que usaba, caminé al interior del recinto donde la crema y nata internacional comenzaba a reunirse para presenciar la llegada de los prometidos. En mi mano derecha sujetaba una pequeña cartera color plata, con mi identificación, en la otra, una cámara profesional, y de mi cuello colgaba mi pase de periodista.
La música envolvente y las luces brillantes creaban una atmósfera de celebración, pero yo solo podía pensar en la exclusiva que debía obtener esa noche. Quería hacer crecer mi carrera, y una nota de ese candidato tan popular podría ser el trampolín que necesitaba. Mientras pensaba en cómo obtener algo de él, por fin apareció en el salón. Con su equipo de campaña acompañándolo, el hombre que dominaba los medios internacionales en ese momento apareció en su propia fiesta de compromiso. Maximilian Müller, un hombre que superaba los dos metros de altura y de apariencia imponente, en sus treinta y con un rostro masculino que había impulsado su popularidad, se movió entre los invitados con una sonrisa fresca y educada, saludando a las importantes figuras que habían impulsado su campaña a la presidencia.
Su complexión amplía y sus hombros anchos destacaban incluso en medio de la multitud, y el cabello perfectamente peinado revelaba esos ojos claros unicos que la prensa adoraba capturar.
Preparé mi cámara, observándolo desde la distancia. Su porte era impecable, el traje inglés perfectamente ajustado, y cada gesto suyo parecía calculado para reforzar su imagen de futuro presidente, Sin embargo, detrás de cada sonrisa cordial, había algo más: una tensión que yo noté.
En el otro extremo del recinto, mi objetivo se separó de su equipo de campaña después de compartir breves palabras con uno de ellos, luego salió por una puerta de emergencias y desapareció al fondo, solo. Me llené de desilusión al verlo perderse. Pero casi de inmediato decidí seguirlo. Sabía que, si lograba captar una nota sobre él, podría darle un giro a mi carrera y crecer.
Me apresuré entre la multitud con mi cámara en la mano y una férrea decisión. Salí por la misma puerta de emergencias que él, bajé algunos pisos y anduve a ciegas por solitarios pasillos, hasta llegar a la proa del barco y salir al aire libre. Inspiré el salado aire del océano y comencé a buscarlo con la vista, lista para capturar cualquier momento que pudiera ser relevante. Entonces oí un quejido y lo vi, al borde de la proa, en medio de la oscuridad. Estaba discutiendo acaloradamente con un hombre. Las palabras se lanzaban como cuchillos, el desconocido lo acusaba de traición, de haber roto acuerdos con la mafia alemana.
Yo apenas entendía fragmentos, pero fue suficiente para esconderme tras una columna y ajustar el lente de la cámara. ¿Estaba delante de un gran secreto?
—¿En verdad se atreverá a matarme, Herr Müller? —se mofó el hombre, a pesar de estar sujeto por el cuello y en la borda—. Eso arruinaría su camino a la presidencia, lo hundiría en el fango. Aunque, por otro lado, ya está arruinado...
Se calló con un quejido cuando, como sí no pesará nada, Maximilian Müller lo alzó algunos centímetros del piso. Parecía tener inmensa fuerza bruta.
—¿A qué te refieres? —su voz fue baja, siseante y gutural, muy diferente a la voz profesional de sus entrevistas—. ¿Apareciste para decir estupideces?
El hombre se sujetó al barandal, su voz tembló con arrogancia cuando respondió.
—¿Por qué no comienza su gran fiesta? ¿Acaso su prometida no le aviso que rompía el compromiso?
La noticia me golpeó incluso a mí. ¿Ella se había ido? Sí era verdad, el escándalo sería descomunal.
—Se ha ido con un amante —aclaró el hombre—. El padre, temiendo represalias suyas, no ha querido dar la cara por su hija. En su lugar, me ha pedido darle la decepcionante noticia. No quiere nexos con usted. Sabe lo que esconde.
Cuando acabó de hablar, Maximilian lo soltó y el hombre cayó al piso, burlándose entre toses. Luego se levantó.
—Debería entrar y decirles a sus invitados que el compromiso se ha cancelado. Entonces su carrera política en Alemania se desplomará. En verdad quiero ver cómo se hunde, después de todo, ¿sus antiguas relaciones con la mafia no lo condenan?
Al oír eso último, Müller volvió ligeramente el rostro. Lo miró con una pesada mirada que parecía atravesar la oscuridad.
—¿De eso se trata? ¿Tu jefe te envió desde Alemania para arruinar mi candidatura? —su acento alemán se volvió más marcado cuando habló, muy diferente a su tono diplomático neutro—. ¿A estas alturas pretende arrastrarme de regreso o verme caer?
Tomé una discreta foto, sin creer que acabasé de descubrir el mayor secreto de aquella famosa figura política. Si todo eso era verdad, ¿estaba ante un mafioso que pretendía volverse presidente?
—La Ndrangheta no pretende dejarlo ir...
Como periodista, reconocí ese nombre al instante. Se trataba de una de las mafias más poderosas, nacida en Italia y expandida al mundo.
—Die Mafia interessiert mich nich mehr —escupió en alemán Maximilian, como un gruñido animal, antes de traducir—. La mafia ya no me interesa. Regresa de donde viniste, antes de que decida silenciarte...
—¿Piensa arrojarme al mar? Hay cosas que no cambian, ¿eh? —el hombre retrocedió, desafiante, y lo retó a hacerlo—. ¡Hágalo! ¡Deshágase de mí, como solía hacer en el pasado! Un mafioso no puede cambiar viejas costumbres.
Maximilian Müller apretó los dientes y habló a través de ellos con ira reprimida.
—¡Lárgate de una maldita vez o de verdad te mataré!
—¡Usted, aunque ahora juegue a la política, siempre pertenecerá a la organización!
De su chaqueta, el hombre sacó una navaja. La afilada hoja brilló en la noche.
—Tiene dos opciones, Herr Müller: morir aquí o volver a sus raíces.
Al ver lo que podría pasar, bajé la cámara y me paralicé. Delante del hombre, Maximilian Müller mantuvo una fría calma, como sí no estuviese siendo amenazado a muerte.
—No lo repetiré, vete y diles que no volveré.
—Recuerde, siempre será un perro de la mafia, ¡un jodido criminal...!
Fue un instante, un forcejeo breve, y luego un grito ahogado que se perdió con el golpe de las olas. Vi como el cuerpo se precipitaba al vacío, tragado por el mar negro. El silencio que siguió fue ensordecedor, y yo me quedé paralizada, con la cámara temblando en las manos.
¿Qué acababa de ocurrir? Acababa de ver a alguien caer al mar. No, más bien, estaba delante de un crimen.
Con la piel erizada, retrocedí medio paso. Pero fue un error terrible. Mi tacón hizo eco en el vacío de la cubierta. Entonces él giro la cabeza y me vio. Sus ojos se fijaron en los míos, primero con impresión, luego con frío entendimiento. Lo comprendí, de toda la gente en ese barco, yo era la única testigo de lo que acababa de suceder.
Antes de ser capaz de salir corriendo, sus pasos resonaron en la cubierta mientras se acercaba. Su imponente figura se cernió sobre mí y con una enorme mano me arrebató la cámara. La arrojó por la cubierta sin siquiera verla.
—¿Quién eres? ¡¿Venías con él?!
Su rostro se contorsionó de rabia y, en un ágil movimiento de su mano, tomó mi cara y la alzó para verme bien. Traté de quitarme sus manos de encima, pero su agarre era demasiado fuerte, y él, grande, aterrador.
—¡Déjeme!
—¿Pretendías documentar mi caída? —apretó mis mejillas y su voz se elevó como un trueno—. ¡¿La asquerosa organización a la que sirves te envió a informar mi ruina?!
Antes de poder reaccionar, su equipo de campaña apareció, alarmados por los gritos en la cubierta. Al ver lo que había pasado, murmuraron preocupados sobre el escándalo, sobre la necesidad de evitar que la prensa descubriera la verdad. Uno de ellos me señaló.
—Es una periodista.
Apuntó mi pase, que colgaba de mi cuello. Yo empecé a negar, temiendo convertirme en otro cuerpo.
—L-lo soy, ¡pero no vi nada...!
—Lo vio todo, deberíamos deshacernos de ella...
Las lágrimas llegaron instantáneamente. Miré a Maximilian Müller con angustia.
—Por favor, no lo haga... —sujeté su mano y le supliqué—. ¡No hablaré...!
Pero él no apartó la mirada de mí. Al contrario, me analizó con un rostro serio, luego me arrancó del cuello el pase de periodista y tomó mi mano con firmeza. Miró a su equipo.
—Yo me ocuparé de ella. Arreglaré esto.
Con pasos largos y rápidos, me llevó de regreso a la fiesta, y yo temí que lo hiciera para culparme de lo ocurrido frente a todos. Pero no fue así, con mi mano en la suya, me puso al frente de sus invitados y anunció su compromiso conmigo, ocultando la verdad bajo un espectáculo perfecto.
El anillo diamantado de otra mujer brilló en mi dedo antes de que pudiera reaccionar y detener ese engaño. Yo, la periodista que había buscado una exclusiva me convertía en la exclusiva misma. Ese hombre no solo me usaba para sustituir la ausencia de su verdadera prometida, sino que también aprovechaba ese compromiso para silenciarme.
—No saldrás. No hablaras con nadie. No harás nada sin mi permiso. Su expresión, acompañada de esa autoritaria voz alemana, no admitía discusión. Y yo no protesté. No podía. Solo asentí con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas que no quería derramar. —Sí alguien intenta lastimarte otra vez... Su voz se desvaneció cuando se levantó y se quitó la chaqueta. La puso en mis hombros. Se quedó de pie frente a mí, con su mirada fija en mi rostro lloroso. Había frustración en sus ojos, pero también una rabia que seguro descargaría en los guardias de seguridad. —Permanecerás dentro de Bellevue todo el tiempo de aquí en adelante, hasta que descubramos quién envió a ese hombre. Yo resolveré esto. Me encargaré de todo. No dijo más. Solo se dio la vuelta, abrió la puerta, y se fue. Y yo me quede allí, sentada en su silla, con su chaqueta en mis hombros, con el sonido del disparo aún resonando en mis oídos, y con la certeza de que, a partir de ese momento, yo era un objetivo en medio de un
El saber que no me había casado con un mafioso que ahora era presidente, sino con un exjefe de la mafía, lo cambiaba todo para mí. Volvía ese matrimonio más peligroso, y era un riesgo que yo jamas había aceptado. —¿Debería saber algo especifico de usted, Herr? —me atreví a verlo al fin, hablando con una voz sarcástica y afilada—. ¿Hay algo que oculte de mí? Su rostro se crispó. —No juegues, dime que sabes. —¡Usted es el que juega conmigo! —terminé alzando la voz, sintiendome estafada—. Era un miembro de la mafia, ¿no? Quiero saber qué trama ahora que es presidente. Me usó... y quiero saber para qué.Eso último, por alguna razón desconocida, alteró su expresión apenas paciente. Un musculo en su mandíbula se tensó y las manos se cerraron en puños sobre la mesa. Algo cruzó sus ojos. No ira, sino algo más parecido a la decepción. —¿Piensas que corromperé mi propio pais, periodista? Hace unos días me felicitaste por ganar la presidencia, incluso mientras te lo hacía en esa terraza...
En ese momento, mientras mi corazón latía agitado en mi pecho, muchas cosas sobre Maximilian Müller comenzaron a encajar. Con un gusto amargo entendí el por qué la mafia lo seguía buscando a pesar de él ya no ser un mafioso, el por qué habían enviado a un sicario a matarlo en el crucero, y por qué ese hombre no se fiaba ni de su sombra. “Entre ellos, se ha formado el que parece ser el nuevo >Sottocapo<, el lugarteniente de la 'Ndrangheta en Alemania”. Leí de nuevo en el recorte viejo de periódico, y lo que había sido un complicado cubo de Rubik en mi cabeza, de repente estaba resuelto ante mí. Maximilian Müller no solía ser solo un miembro de la mafia alemana. Ese hombre nunca había sido un peón, ni siquiera un criminal común. Él había sido un jefe, un alto mando. Había sido el Sottocapo en Alemania, el lugarteniente que dirigía la organización en ese país. La carta parecía una combinación de instrucciones operativas, que señalaban la intervención del ejército en sus operacione
Ahora más que nunca yo no podía traicionarlo. Eso significaban las palabras de Maximilian Müller, mi oportunidad para escapar y no formar parte de ese juego político, había caducado esa noche. Su triunfo había sellado la unión entre ese hombre y yo por los próximos 5 años. No solo éramos esposos, sino complices, y era irreversible. Debería estar asustada de él. Debería detestarlo a muerte. Debería estar planeando su caída. Pero, a cómo me hubiese sentido en el pasado, ahora no me sentía atrapada por ese hombre. Su éxito me alegraba, porque era el éxito de un niño que había vivido en la oscuridad por muchos años, siendo carne de cañón por la mafia, y ahora estaba por encima de todo eso. —Felicidades, Herr Müller —pronuncié, acercando mi rostro al suyo—. Lo felicito, presidente. Terminé con una sonrisa que decía más que mis palabras. La expresión de aquel hombre, intimidante y aplastante, no logró esconder la sorpresa y el desconcierto de ser felicitado por mí, una mujer que él creí
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