Un millonario que busca una esposa. Una mujer desesperada que decide convertirse en su única opción. Pero cuando las mentiras salen a la luz… el amor no es suficiente para salvarlos. Cuando Adrien Lancaster, un millonario británico dueño de un imperio tecnológico, anuncia discretamente que busca esposa por contrato para conservar su ciudadanía y un proyecto internacional, no imagina que una latina desconocida y desesperada por dinero le tenderá una emboscada emocional: ella se postula… fingiendo ser otra persona. Marina, una joven mexicana brillante pero sin recursos, roba la identidad de su excompañera rica y se presenta al casting de esposas del millonario. Su plan: seducirlo, firmar el contrato y desaparecer con la mitad del dinero. Pero lo que empieza como una jugada fría y calculada, se convierte en una prisión de sentimientos. Adrien no es tan manipulable como pensó. Y Marina… no es tan inmune como creyó. Él la contrató para casarse. Ella lo engañó para sobrevivir. Pero ninguno se preparó para amar.
Ler maisLa noche había caído sobre la mansión Lancaster como un manto de terciopelo negro. Marina observó por la ventana de su habitación cómo las luces del jardín se encendían una a una, dibujando senderos luminosos entre la vegetación perfectamente cuidada. Tres días habían pasado desde su llegada, y cada rincón de aquel lugar seguía pareciéndole tan ajeno como el primer momento.Miró el reloj: las once y media. El silencio en aquella ala de la mansión era absoluto. Perfecto para lo que necesitaba hacer. Sacó el teléfono móvil que había mantenido oculto en el forro de su maleta y marcó el número que conocía de memoria. Tres tonos después, la voz que más amaba en el mundo respondió al otro lado.—¿Marina? ¿Eres tú?El sonido de su hermana menor hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas. Sofía sonaba débil, pero estaba despierta, y eso era lo único que importaba.—Sí, soy yo, pequeña —susurró en español, sentándose en el borde de la cama—. ¿Cómo te sientes hoy?—Mejor. La enfermera dice que m
El despacho de Adrien Lancaster era exactamente como Marina lo había imaginado: imponente, frío y calculado hasta el último detalle. Ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de Londres, muebles de madera oscura que parecían valer más que todo lo que ella había poseído en su vida, y ese aroma a cuero y sándalo que parecía adherirse a la piel del magnate británico.Marina —o Isabelle, como debía recordar llamarse a sí misma— se sentó en el borde del sillón de cuero negro, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre su regazo. Intentaba proyectar una imagen de seguridad, pero el nudo en su estómago se apretaba con cada segundo que pasaba bajo la mirada escrutadora de Adrien.—Cinco años —dijo él finalmente, deslizando un documento sobre el escritorio de caoba—. Ese es el tiempo que necesito una esposa.Marina tomó el contrato con dedos temblorosos que intentó disimular.—¿Por qué cinco años exactamente? —se atrevió a preguntar, pasando las páginas sin realm
El rascacielos Lancaster se alzaba como una daga de cristal y acero contra el cielo londinense. Marina contuvo el aliento mientras cruzaba las puertas giratorias, sintiendo el peso de su mentira como una segunda piel. El vestido negro que había comprado en una tienda de segunda mano —el más elegante que pudo permitirse— parecía insignificante bajo las luces del vestíbulo."Respira", se recordó. "Solo eres Isabelle Moreau por unas horas".El mármol bajo sus tacones prestados reflejaba su imagen distorsionada. Una impostora en un mundo que no le pertenecía. Pero el recuerdo de su hermana Ana, conectada a máquinas en un hospital de Ciudad de México, le dio el valor para avanzar hacia la recepcionista.—Buenos días —dijo con el acento francés que había practicado durante semanas—. Soy Isabelle Moreau. Tengo una cita con el señor Lancaster.La mujer tras el mostrador la examinó con una mirada clínica antes de teclear algo en su ordenador.—Por supuesto, señorita Moreau. Planta 50. El señor
El cristal del ventanal que ocupaba toda la pared reflejaba la silueta de Adrien Lancaster mientras contemplaba el skyline de Londres. Desde el piso cuarenta y dos de Lancaster Tower, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde él movía las piezas a voluntad. La lluvia golpeaba suavemente el vidrio, creando un ritmo que acompañaba el tic-tac del reloj Patek Philippe en su muñeca.—Noventa días —murmuró, con la mandíbula tensa—. ¿Estás completamente seguro, Richard?Richard Blackwood, su abogado desde hacía quince años, carraspeó incómodo mientras ajustaba su corbata.—Me temo que sí, Adrien. Los Al-Fahim son inflexibles en este punto. Su cultura valora profundamente los lazos familiares y consideran que un hombre soltero de treinta y cinco años carece de la estabilidad necesaria para un contrato de esta magnitud.Adrien se giró con un movimiento fluido. Su traje negro hecho a medida contrastaba con la palidez de su rostro y el azul glacial de sus ojos. Aquellos ojos que habían hecho
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