El cristal del ventanal que ocupaba toda la pared reflejaba la silueta de Adrien Lancaster mientras contemplaba el skyline de Londres. Desde el piso cuarenta y dos de Lancaster Tower, la ciudad parecía un tablero de ajedrez donde él movía las piezas a voluntad. La lluvia golpeaba suavemente el vidrio, creando un ritmo que acompañaba el tic-tac del reloj Patek Philippe en su muñeca.
—Noventa días —murmuró, con la mandíbula tensa—. ¿Estás completamente seguro, Richard?
Richard Blackwood, su abogado desde hacía quince años, carraspeó incómodo mientras ajustaba su corbata.
—Me temo que sí, Adrien. Los Al-Fahim son inflexibles en este punto. Su cultura valora profundamente los lazos familiares y consideran que un hombre soltero de treinta y cinco años carece de la estabilidad necesaria para un contrato de esta magnitud.
Adrien se giró con un movimiento fluido. Su traje negro hecho a medida contrastaba con la palidez de su rostro y el azul glacial de sus ojos. Aquellos ojos que habían hecho temblar a directores ejecutivos de multinacionales ahora se clavaban en su abogado con frialdad calculada.
—Cuarenta mil millones de libras —pronunció cada sílaba como si saboreara un vino amargo—. El mayor contrato petrolero que Lancaster Industries ha negociado en su historia, y depende de que yo me case.
Richard asintió, evitando su mirada.
—Los jeques son... tradicionales. Consideran que un hombre casado es más confiable para negocios a largo plazo.
Adrien soltó una risa seca, desprovista de humor.
—¿Y qué sugiere el bufete Blackwood & Associates? ¿Que publique un anuncio en el periódico? "Millonario busca esposa. Requisito: no enamorarse."
Richard no captó el sarcasmo. Abrió su maletín de piel italiana y extrajo una carpeta.
—De hecho, hemos elaborado un plan. Un contrato matrimonial con cláusulas específicas, compensación económica y acuerdo de confidencialidad. Podemos organizar entrevistas con candidatas preseleccionadas que cumplan ciertos... requisitos.
Adrien tomó la carpeta y la hojeó con expresión impasible. Cada página detallaba meticulosamente los términos de un matrimonio que no sería más que una transacción comercial.
—Interesante —murmuró—. Has pensado en todo.
—Es mi trabajo, Adrien.
El CEO cerró la carpeta de golpe.
—Hazlo. Pero quiero que quede absolutamente claro: no busco amor. Busco obediencia, discreción y eficiencia. Nada de sentimentalismos. Nada de complicaciones.
Richard asintió, recogiendo su maletín.
—¿Alguna preferencia específica para las candidatas?
Adrien volvió a mirar por la ventana. Las gotas de lluvia dibujaban caminos erráticos en el cristal, como lágrimas que él había olvidado cómo derramar.
—Inteligente, pero no desafiante. Presentable, pero no llamativa. Y sobre todo, Richard... —hizo una pausa—. Alguien que entienda que esto es un contrato, no un cuento de hadas.
—Entendido. Tendrás los primeros perfiles en tu escritorio mañana.
Cuando la puerta se cerró tras su abogado, Adrien se permitió un momento de debilidad. Se aflojó la corbata y se sirvió un whisky de treinta años. El líquido ámbar brilló bajo la luz tenue de su oficina.
—Un matrimonio de conveniencia —murmuró para sí mismo—. Qué jodidamente irónico.
Bebió de un trago, sintiendo el ardor familiar en su garganta. El recuerdo de su madre abandonándolos por un amante más rico cuando él tenía ocho años. Su padre, destruido por el amor, ahogándose en alcohol hasta morir diez años después. El amor era una debilidad que él había extirpado meticulosamente de su vida.
Ahora, irónicamente, necesitaba fingirlo para cerrar el mayor negocio de su carrera.
***
A miles de kilómetros de distancia, en un pequeño apartamento de la Ciudad de México, Marina Herrera contaba monedas sobre una mesa desgastada. El ventilador del techo giraba perezosamente, moviendo el aire caliente sin refrescarlo realmente.
—Setecientos cincuenta y dos pesos —murmuró, pasándose una mano por el cabello castaño—. No es suficiente.
Desde la habitación contigua, la tos débil de su hermana menor le estrujó el corazón. Sofía, de apenas dieciséis años, luchaba contra una enfermedad renal que requería diálisis tres veces por semana. El seguro social cubría parte del tratamiento, pero los medicamentos especiales, la dieta y los traslados consumían cada centavo que Marina ganaba como recepcionista en un hotel de segunda categoría.
—¿Todo bien, Mari? —la voz débil de Sofía llegó desde la habitación.
Marina forzó una sonrisa que su hermana no podía ver.
—Todo perfecto, enana. Estoy haciendo cuentas para ese viaje a la playa que te prometí cuando mejores.
La mentira le quemaba la garganta, pero era preferible a la verdad: que estaban a punto de ser desalojadas, que el tratamiento experimental que podría salvar a Sofía costaba más de lo que ella ganaría en cinco años, y que había agotado todas las opciones de préstamos legales.
Su teléfono vibró con una notificación. Era Claudia, su única amiga del hotel.
"Mira esto. Es una locura, pero ¿y si...?"
El enlace llevaba a un foro exclusivo donde se compartían oportunidades para mujeres dispuestas a "arreglos especiales" con hombres adinerados. Marina normalmente habría borrado el mensaje, pero la desesperación la hizo deslizar el dedo y leer.
"URGENTE: Empresario británico busca esposa por contrato. Matrimonio de conveniencia, duración mínima 1 año. Compensación: £500,000 iniciales + £20,000 mensuales. Requisitos: educación universitaria, dominio del inglés, sin hijos, disponibilidad inmediata para reubicarse en Londres. Absoluta discreción."
Marina sintió un escalofrío. Medio millón de libras. Suficiente para el tratamiento de Sofía, para pagar todas las deudas y asegurar su futuro.
Pero era imposible. Ella apenas había terminado la preparatoria antes de que la enfermedad de Sofía la obligara a abandonar sus estudios. Su inglés era básico, aprendido en series subtituladas y canciones. Jamás la seleccionarían.
A menos que...
El recuerdo de Isabelle Montero, su antigua compañera de escuela, cruzó por su mente. Hija de diplomáticos, educada en las mejores universidades, con un inglés perfecto y un pasaporte lleno de sellos de países que Marina solo conocía por fotografías. Habían coincidido brevemente en la preparatoria antes de que Isabelle partiera a estudiar en Europa.
Marina recordaba haber visto en redes sociales que Isabelle había regresado a México temporalmente. También recordaba algo más: lo mucho que se parecían físicamente. Tanto que en la escuela las llamaban "las gemelas separadas al nacer".
La idea era descabellada, peligrosa, probablemente ilegal. Pero mientras la tos de Sofía resonaba desde la habitación, Marina sintió que una determinación fría se apoderaba de ella.
Abrió su laptop y buscó el perfil de Isabelle. Estudió sus fotos, su manera de hablar, los lugares que frecuentaba. Luego, con dedos temblorosos, respondió al anuncio.
"Interesada en la propuesta. Isabelle Montero, 25 años, graduada en Relaciones Internacionales por la Universidad de París. Disponibilidad inmediata."
Adjuntó una foto de Isabelle que había modificado sutilmente para parecerse más a sí misma. Presionó "enviar" antes de que el miedo la paralizara.
—¿Qué estás haciendo, Marina? —se preguntó en voz alta.
Pero sabía la respuesta. Por Sofía, estaba dispuesta a convertirse en otra persona. A casarse con un desconocido. A vivir una mentira.
Por Sofía, estaba dispuesta a todo.
***
Tres días después, en su ático de Mayfair, Adrien revisaba los perfiles que Richard había seleccionado. Veinte mujeres, todas con currículums impecables, todas dispuestas a firmar un contrato matrimonial sin amor.
—Demasiado ambiciosa —murmuró, descartando una candidata—. Demasiado tímida —otra más al montón de rechazadas—. Demasiado... perfecta.
Se detuvo en la fotografía de una joven de cabello castaño y ojos color miel. Había algo en su mirada, una mezcla de determinación y vulnerabilidad que captó su atención. Leyó su perfil: Isabelle Montero, mexicana, educada en Europa, políglota, sin familia cercana.
Algo no encajaba. La perfección de su currículum contrastaba con una imperceptible tensión en su sonrisa. Como si ocultara algo.
Y eso, paradójicamente, la hacía más interesante que las demás.
Adrien señaló la fotografía con un dedo.
—Ella. Quiero conocerla.
Richard pareció sorprendido.
—¿Estás seguro? Hay candidatas con mejores conexiones, más...
—He dicho que quiero conocerla —el tono de Adrien no admitía réplica—. Arregla una entrevista. Lo antes posible.
Mientras Richard asentía y salía de la habitación, Adrien volvió a mirar la fotografía. Había algo en aquellos ojos que le intrigaba. Un secreto. Y si había algo que Adrien Lancaster odiaba, eran los secretos.
Lo que no sabía era que estaba a punto de conocer a la mayor mentira de su vida.