La noche había caído sobre la mansión Lancaster como un manto de terciopelo negro. Marina observó por la ventana de su habitación cómo las luces del jardín se encendían una a una, dibujando senderos luminosos entre la vegetación perfectamente cuidada. Tres días habían pasado desde su llegada, y cada rincón de aquel lugar seguía pareciéndole tan ajeno como el primer momento.
Miró el reloj: las once y media. El silencio en aquella ala de la mansión era absoluto. Perfecto para lo que necesitaba hacer. Sacó el teléfono móvil que había mantenido oculto en el forro de su maleta y marcó el número que conocía de memoria. Tres tonos después, la voz que más amaba en el mundo respondió al otro lado.
—¿Marina? ¿Eres tú?
El sonido de su hermana menor hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas. Sofía sonaba débil, pero estaba despierta, y eso era lo único que importaba.
—Sí, soy yo, pequeña —susurró en español, sentándose en el borde de la cama—. ¿Cómo te sientes hoy?
—Mejor. La enfermera dice que mis valores están estables —hubo una pausa—. ¿Dónde estás? Tía Carmen está preocupada, dice que no le has contado nada.
Marina cerró los ojos con fuerza. La mentira que había construido era como un castillo de naipes que amenazaba con derrumbarse con cada nueva pregunta.
—Estoy bien, Sofi. Conseguí un trabajo... uno muy bueno. Pronto tendré el dinero para tu tratamiento, te lo prometo.
—¿Qué clase de trabajo? —la voz de su hermana sonaba escéptica, incluso a través de su debilidad.
—Es... complicado de explicar —Marina bajó aún más la voz—. Pero es legal, no te preocupes. Solo confía en mí, ¿sí? En unas semanas todo habrá terminado y...
El crujido de la madera en el pasillo la hizo callar abruptamente. Alguien se acercaba. Con el corazón martilleando contra su pecho, susurró:
—Tengo que colgar. Te quiero, Sofi. Resiste un poco más.
Apenas tuvo tiempo de esconder el teléfono bajo la almohada cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Adrien Lancaster apareció en el umbral, su figura alta recortada contra la luz del pasillo. Vestía un traje oscuro impecable, como si acabara de regresar de alguna reunión, a pesar de la hora.
—¿Con quién hablabas? —preguntó directamente, su acento británico afilando cada palabra.
Marina se levantó, intentando mantener la compostura. El pánico amenazaba con traicionarla, pero se obligó a respirar profundamente.
—Con nadie. Estaba... practicando mi español —improvisó, forzando una sonrisa—. A veces lo hago cuando estoy nerviosa. Ayuda a calmarme.
Los ojos de Adrien, fríos como el hielo, la estudiaron con una intensidad que parecía capaz de atravesar cualquier mentira. Por un momento terrible, Marina creyó que la había descubierto.
—¿Hablas español? —preguntó él, dando un paso dentro de la habitación—. No lo mencionaste en tu solicitud.
—Mi madre era de ascendencia hispana —respondió rápidamente, recordando que la verdadera Elise Blackwood había mencionado algo sobre una abuela española en su perfil—. No lo domino completamente, pero me gusta practicarlo.
Adrien permaneció inmóvil, evaluándola. Marina sintió que cada segundo bajo su escrutinio era una eternidad. Finalmente, él asintió levemente.
—Interesante. Hay muchas cosas que no mencionaste en tu solicitud, al parecer.
El comentario flotó entre ellos como una amenaza velada. Marina tragó saliva, pero mantuvo la mirada firme.
—Supongo que hay cosas que solo se conocen con el tiempo —respondió, intentando sonar casual—. Como en cualquier relación.
Una sonrisa apenas perceptible curvó los labios de Adrien, pero no llegó a sus ojos.
—Precisamente por eso estoy aquí. Me gustaría que me acompañaras a dar un paseo.
No era una invitación, sino una orden. Marina miró por la ventana la oscuridad del exterior.
—¿Ahora? Es casi medianoche.
—El mejor momento para conocer realmente a alguien es cuando el resto del mundo duerme —respondió él, extendiendo una mano hacia ella—. ¿Vienes por voluntad propia o debo recordarte las cláusulas de obediencia en nuestro contrato?
Marina se tensó. Cada vez que mencionaba el contrato, sentía como si le colocara un collar invisible alrededor del cuello. Con resignación, tomó un chal de seda del respaldo de una silla y se acercó a él.
—Guíame entonces —dijo, ignorando deliberadamente su mano extendida.
Los labios de Adrien se curvaron en una sonrisa fría ante su pequeño acto de rebeldía.
***
El invernadero de cristal se alzaba al final del jardín como una catedral transparente. Bajo la luz de la luna, sus paredes brillaban con un resplandor etéreo, revelando siluetas de plantas exóticas en su interior. Adrien abrió la puerta con una llave antigua y el aroma húmedo y dulce de la vegetación los envolvió inmediatamente.
—Mi madre lo construyó —explicó mientras encendía algunas luces tenues que iluminaron el camino entre las plantas—. Era botánica. Pasaba más tiempo aquí que en la mansión.
Marina observó maravillada cómo las flores nocturnas abrían sus pétalos, liberando fragancias intensas. El lugar era hermoso y perturbador a la vez, como todo lo relacionado con Adrien Lancaster.
—¿Y tu padre? —preguntó, siguiéndolo por el sendero de piedra.
—Mi padre era un hombre de negocios —respondió secamente—. Para él, este lugar era un capricho costoso. Como muchas cosas en su matrimonio.
Había amargura en su voz, una grieta en su perfecta fachada de control. Marina lo miró con curiosidad renovada.
—No crees en el amor —dijo, no como pregunta sino como afirmación.
Adrien se detuvo frente a una orquídea negra que parecía absorber la luz a su alrededor.
—El amor es una ilusión conveniente —respondió, tocando uno de los pétalos con delicadeza sorprendente—. Una excusa para justificar decisiones irracionales. Mi madre amaba a mi padre. Él la traicionó repetidamente. Ella lo perdonó cada vez, hasta que la destruyó por completo.
Marina sintió un escalofrío. Había algo en la forma en que hablaba, en la precisión clínica con que diseccionaba el sufrimiento, que revelaba heridas profundas bajo su exterior impenetrable.
—No todas las personas traicionan —dijo en voz baja.
Adrien se volvió hacia ella, sus ojos brillando peligrosamente en la penumbra.
—¿No? —su voz era suave pero cortante—. Mi experiencia dice lo contrario. Mi última prometida me engañó con mi socio mientras planeábamos la boda. Estaba más interesada en mi fortuna que en mí. Al menos fue honesta cuando la confronté.
Marina sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La culpa la golpeó con fuerza inesperada. Ella estaba haciendo exactamente lo mismo: utilizándolo por su dinero, construyendo una relación basada en mentiras.
—Lo siento —murmuró, y por primera vez desde que llegó, sus palabras eran completamente sinceras.
—No lo sientas —respondió él, acercándose hasta que pudo sentir su aliento cálido—. Fue una lección valiosa. Por eso este contrato es perfecto: establece expectativas claras, sin falsas promesas. Tú obtienes seguridad financiera, yo obtengo una esposa que cumple un propósito específico. Sin engaños, sin sorpresas.
Sus palabras eran lógicas, pragmáticas, pero había algo profundamente triste en ellas. Marina se preguntó cómo sería vivir así, negándose cualquier posibilidad de conexión genuina.
—¿Y si te equivocas? —se atrevió a preguntar—. ¿Y si el amor existe de verdad?
Adrien sonrió, una sonrisa que no contenía humor alguno.
—Entonces sería el primero en admitir mi error —dio un paso más hacia ella—. Pero hasta ahora, nadie ha logrado demostrarme lo contrario.
Estaban tan cerca que Marina podía distinguir las motas doradas en sus ojos azules. Por un momento, olvidó quién era él, quién se suponía que era ella, y todas las mentiras que los separaban. Solo existía esa extraña conexión, ese reconocimiento mutuo de dos personas heridas.
—Quizás no has conocido a la persona adecuada —susurró.
La expresión de Adrien cambió sutilmente. Algo oscuro y posesivo cruzó su mirada mientras levantaba una mano para rozar su mejilla con los nudillos.
—O quizás —dijo en voz baja— estoy mirando a alguien que es experta en construir fachadas. Igual que yo.
El corazón de Marina se detuvo por un instante. ¿Lo sabía? ¿Estaba jugando con ella?
Adrien se inclinó hasta que sus labios casi rozaron su oído.
—Si descubro que me estás mintiendo... —susurró, su voz como seda sobre acero— no habrá contrato que te salve.
Se apartó lentamente, sus ojos nunca abandonando los de ella. Marina permaneció inmóvil, atrapada entre el miedo y una inexplicable atracción que crecía como las enredaderas que los rodeaban: silenciosa, persistente y potencialmente destructiva.
En ese momento, bajo la luz fantasmal del invernadero, comprendió que había subestimado a Adrien Lancaster. No era solo un hombre rico buscando una esposa por conveniencia. Era un depredador paciente, esperando el momento perfecto para atacar.
Y ella había entrado voluntariamente en su territorio.