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El despacho de Adrien Lancaster era exactamente como Marina lo había imaginado: imponente, frío y calculado hasta el último detalle. Ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de Londres, muebles de madera oscura que parecían valer más que todo lo que ella había poseído en su vida, y ese aroma a cuero y sándalo que parecía adherirse a la piel del magnate británico.

Marina —o Isabelle, como debía recordar llamarse a sí misma— se sentó en el borde del sillón de cuero negro, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre su regazo. Intentaba proyectar una imagen de seguridad, pero el nudo en su estómago se apretaba con cada segundo que pasaba bajo la mirada escrutadora de Adrien.

—Cinco años —dijo él finalmente, deslizando un documento sobre el escritorio de caoba—. Ese es el tiempo que necesito una esposa.

Marina tomó el contrato con dedos temblorosos que intentó disimular.

—¿Por qué cinco años exactamente? —se atrevió a preguntar, pasando las páginas sin realmente leerlas.

Adrien se reclinó en su silla, estudiándola con esos ojos grises que parecían atravesarla.

—Porque es el tiempo que necesito para consolidar la fusión con Nakamura Industries. Su presidente es un tradicionalista japonés que no confía en hombres solteros para negocios a largo plazo. Considera que carecen de estabilidad —explicó con un tono que sugería lo absurdo que encontraba ese razonamiento—. Cinco años es el período de consolidación de nuestros activos conjuntos.

Marina asintió, como si comprendiera perfectamente las complejidades de fusiones corporativas internacionales, cuando en realidad estaba calculando mentalmente cuánto dinero necesitaría para pagar el tratamiento completo de Sofía y liquidar las deudas de su padre.

—¿Y después de los cinco años? —preguntó, intentando que su voz sonara casual.

Una sonrisa fría se dibujó en los labios de Adrien.

—Divorcio discreto. Recibirás una compensación generosa, siempre que cumplas con todas mis condiciones durante ese tiempo.

Sacó una hoja aparte y la colocó frente a ella. No era parte del contrato legal, sino un documento más personal.

—Mis reglas son simples, Isabelle —dijo, pronunciando el nombre falso de Marina con una cadencia que le provocó un escalofrío—. Primera: no enamorarse. Esto es un acuerdo de negocios, no una novela romántica. Segunda: no mentirme. Detesto las mentiras más que cualquier otra cosa. Tercera: estarás disponible para todos los eventos públicos que requieran tu presencia como mi esposa. Sin excepciones.

Marina sintió que cada palabra era un clavo en el ataúd de su libertad. La segunda regla era particularmente irónica, considerando que toda su presencia allí era una mentira elaborada. Tragó saliva, intentando deshacer el nudo que se formaba en su garganta.

—¿Y si alguna de estas reglas se rompe? —preguntó, manteniendo la mirada fija en el papel para no revelar su ansiedad.

—El contrato se anula inmediatamente —respondió él con voz cortante—. Perderás toda compensación económica y deberás devolver cualquier beneficio que hayas recibido hasta ese momento.

Marina levantó la vista, encontrándose con esos ojos grises que parecían leer cada uno de sus pensamientos. Por un instante, temió que pudiera ver a través de su fachada, que supiera que no era Isabelle Dupont, sino Marina Herrera, una impostora desesperada.

—¿Estás de acuerdo con mis términos? —preguntó Adrien, extendiendo una pluma estilográfica que probablemente costaba más que el alquiler mensual del apartamento de Marina.

Ella tomó la pluma, sintiendo su peso en la mano. Pensó en Sofía, en su sonrisa debilitada por la enfermedad, en las facturas médicas que se acumulaban, en la promesa que le había hecho a su madre antes de morir: cuidar siempre de su hermana pequeña.

—Estoy de acuerdo —respondió con una firmeza que no sentía, firmando el documento con el nombre de otra mujer.

Adrien observó la firma y asintió, satisfecho.

—Bien. Ahora, hay otro asunto que debemos discutir —dijo, guardando el contrato en una carpeta—. Quiero que te mudes a mi residencia de inmediato.

Marina parpadeó, sorprendida.

—¿Disculpa?

—Necesito observar tu adaptación antes de presentarte oficialmente como mi prometida —explicó él, como si fuera lo más lógico del mundo—. Además, debemos empezar a construir una historia creíble. Nadie creerá que me casé con una mujer a la que apenas conozco.

*Aunque eso es exactamente lo que estás haciendo*, pensó Marina, pero se mordió la lengua.

—Entiendo —dijo en cambio—. ¿Cuándo debo mudarme?

—Ahora mismo —respondió Adrien, poniéndose de pie—. Mi chofer ya ha recogido tus pertenencias del hotel.

Marina se quedó sin palabras. La eficiencia implacable de este hombre era tan impresionante como aterradora.

—¿Cómo supiste que aceptaría? —preguntó, incapaz de contener su asombro.

Adrien la miró con esa sonrisa enigmática que no llegaba a sus ojos.

—Nadie llega tan lejos en este proceso para rechazar la oferta final, Isabelle. Especialmente alguien en tu... situación.

El comentario la dejó helada. ¿Qué sabía él realmente sobre "su situación"? ¿Había investigado a Isabelle Dupont tan a fondo que conocía sus problemas financieros? ¿O acaso sospechaba algo sobre la verdadera Marina?

No tuvo tiempo de analizar sus palabras, porque Adrien ya estaba dirigiéndose hacia la puerta.

—Vamos. Quiero mostrarte tu nuevo hogar.

***

La mansión Lancaster era un monumento a la opulencia y el buen gusto. Ubicada en las afueras de Londres, la propiedad georgiana del siglo XVIII había sido restaurada con un respeto meticuloso por su arquitectura original, combinado con toques modernos que la hacían funcional para el siglo XXI.

Marina intentaba no mostrar su asombro mientras Adrien la guiaba por salones con techos artesonados, galerías de arte con piezas que reconocía de sus libros de historia, y jardines que parecían sacados de una pintura de Monet.

—Esta será tu habitación —anunció Adrien, abriendo las puertas de una suite que era más grande que todo el apartamento donde Marina había crecido—. La mía está al final del pasillo. Mantendremos habitaciones separadas, por supuesto.

Marina asintió, aliviada y extrañamente decepcionada al mismo tiempo, un sentimiento que decidió ignorar por completo.

—Es... hermosa —dijo, observando la cama con dosel, los ventanales que daban a los jardines, y el baño de mármol que se vislumbraba a través de una puerta entreabierta.

—Tu guardarropa será actualizado mañana —continuó Adrien, como si estuviera revisando una lista mental—. Mi estilista personal se encargará de ello. Necesitarás ropa adecuada para los eventos a los que asistiremos.

Marina se tensó. Cada palabra de Adrien era un recordatorio de que esto no era un cuento de hadas, sino un contrato. Ella no era una princesa rescatada, sino una mercancía adquirida.

—¿Hay algo más que deba saber? —preguntó, intentando mantener la compostura.

Adrien la miró por un momento, como si estuviera evaluando algo en ella.

—Sí. Me gustaría mostrarte la biblioteca. Creo que te interesará.

La biblioteca resultó ser una habitación circular de dos niveles, con estanterías que llegaban hasta el techo y una escalera de caracol que conectaba ambos pisos. Miles de volúmenes, desde incunables hasta primeras ediciones modernas, llenaban el espacio con ese aroma inconfundible a papel antiguo y conocimiento.

Marina no pudo contener su genuino asombro.

—Esto es... increíble —susurró, acercándose a una de las estanterías donde reconoció varios clásicos de la literatura francesa.

—Vi en tu perfil que estudiaste literatura —comentó Adrien, observándola con interés—. Puedes usar este espacio cuando quieras.

Marina asintió, recordando que efectivamente, Isabelle Dupont había estudiado literatura en la Sorbona. Otro detalle que debía memorizar para mantener su farsa.

Se estiró para alcanzar un ejemplar de "Les Misérables", pero sus dedos apenas rozaron el lomo. De repente, sintió la presencia de Adrien detrás de ella, su cuerpo casi tocando el suyo mientras alcanzaba el libro por ella.

—Permíteme —murmuró, su aliento cálido contra su nuca.

Marina se quedó inmóvil, consciente de cada centímetro de espacio entre sus cuerpos, un espacio que parecía cargado de electricidad. Cuando se giró para tomar el libro, quedaron a centímetros de distancia. Tan cerca que podía distinguir las motas doradas en sus ojos grises, oler su perfume caro mezclado con algo más primitivo y masculino.

Por un instante, creyó ver algo en su mirada. Un destello de deseo, quizás. Algo humano bajo esa fachada de hielo y control.

Pero Adrien se apartó, recuperando su compostura con una rapidez que la dejó preguntándose si había imaginado ese momento.

—Cenaremos a las ocho —dijo, volviendo a su tono profesional—. Mi ama de llaves, la señora Winters, te mostrará el resto de la casa.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y la miró por encima del hombro.

—Si no rompes mis reglas, Isabelle... —dijo en voz baja, casi como una caricia amenazante—, tal vez descubras que no soy tan fácil de controlar como crees.

Y con esas palabras enigmáticas, desapareció, dejando a Marina con un libro en las manos y la certeza de que acababa de firmar un contrato con el diablo.

Un diablo que, para su desgracia, comenzaba a despertar en ella sensaciones que no estaban contempladas en ninguna cláusula.

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