El despacho de Adrien Lancaster era exactamente como Marina lo había imaginado: imponente, frío y calculado hasta el último detalle. Ventanales del suelo al techo que ofrecían una vista panorámica de Londres, muebles de madera oscura que parecían valer más que todo lo que ella había poseído en su vida, y ese aroma a cuero y sándalo que parecía adherirse a la piel del magnate británico.Marina —o Isabelle, como debía recordar llamarse a sí misma— se sentó en el borde del sillón de cuero negro, con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre su regazo. Intentaba proyectar una imagen de seguridad, pero el nudo en su estómago se apretaba con cada segundo que pasaba bajo la mirada escrutadora de Adrien.—Cinco años —dijo él finalmente, deslizando un documento sobre el escritorio de caoba—. Ese es el tiempo que necesito una esposa.Marina tomó el contrato con dedos temblorosos que intentó disimular.—¿Por qué cinco años exactamente? —se atrevió a preguntar, pasando las páginas sin realm
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