El rascacielos Lancaster se alzaba como una daga de cristal y acero contra el cielo londinense. Marina contuvo el aliento mientras cruzaba las puertas giratorias, sintiendo el peso de su mentira como una segunda piel. El vestido negro que había comprado en una tienda de segunda mano —el más elegante que pudo permitirse— parecía insignificante bajo las luces del vestíbulo.
"Respira", se recordó. "Solo eres Isabelle Moreau por unas horas".
El mármol bajo sus tacones prestados reflejaba su imagen distorsionada. Una impostora en un mundo que no le pertenecía. Pero el recuerdo de su hermana Ana, conectada a máquinas en un hospital de Ciudad de México, le dio el valor para avanzar hacia la recepcionista.
—Buenos días —dijo con el acento francés que había practicado durante semanas—. Soy Isabelle Moreau. Tengo una cita con el señor Lancaster.
La mujer tras el mostrador la examinó con una mirada clínica antes de teclear algo en su ordenador.
—Por supuesto, señorita Moreau. Planta 50. El señor Lancaster la está esperando.
El ascensor era una cápsula de cristal que ascendía vertiginosamente, ofreciendo una vista panorámica de Londres que se empequeñecía bajo sus pies. Marina intentó controlar el temblor de sus manos. Había memorizado cada detalle del expediente de Isabelle: nacida en Lyon, educada en La Sorbona, especialista en arte renacentista. La verdadera Isabelle nunca se presentaría a esta entrevista; Marina se había asegurado de ello al hackear su correo y cancelar su vuelo desde París.
Un timbre anunció su llegada. Las puertas se abrieron a un vestíbulo minimalista donde una mujer de traje sastre impecable la esperaba.
—Señorita Moreau, soy Vivian Reed, asistente personal del señor Lancaster. Sígame, por favor.
Marina la siguió por un pasillo flanqueado por obras de arte contemporáneo cuyo valor probablemente superaba todo lo que ella ganaría en su vida. Cada paso la acercaba más al hombre que podría salvar a su hermana... o destruirla a ella.
Vivian se detuvo frente a unas puertas dobles de madera oscura.
—El señor Lancaster prefiere la puntualidad. Ha llegado tres minutos tarde.
Marina tragó saliva.
—El tráfico de Londres es impredecible.
—Para el señor Lancaster, nada es impredecible, solo mal calculado —respondió Vivian con una sonrisa tensa antes de abrir las puertas.
La oficina era un espacio vasto y austero. Ventanales del suelo al techo enmarcaban la ciudad como si fuera un cuadro diseñado específicamente para el hombre que se encontraba de pie junto a ellos, dándole la espalda.
—Señor Lancaster, la señorita Moreau está aquí —anunció Vivian.
Cuando Adrien Lancaster se giró, Marina sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Las fotografías no le hacían justicia. Alto, de hombros anchos enfundados en un traje hecho a medida que parecía una segunda piel, su rostro era una obra maestra de ángulos afilados y sombras perfectas. Pero fueron sus ojos los que la paralizaron: grises como el acero, fríos y calculadores, la diseccionaban sin parpadear.
—Señorita Moreau —su voz era profunda, con un acento británico que acentuaba cada sílaba—. Siéntese.
No era una invitación, sino una orden. Marina avanzó hacia la silla frente al imponente escritorio de cristal, consciente de cada movimiento bajo aquella mirada implacable.
—Gracias por recibirme, señor Lancaster —dijo, modulando cuidadosamente su acento.
Él no respondió de inmediato. Se sentó con movimientos fluidos, como un depredador que no necesita apresurarse porque sabe que su presa no escapará.
—Debo admitir que su solicitud me sorprendió —comenzó él, abriendo una carpeta—. Una especialista en arte renacentista interesada en un matrimonio de conveniencia. No es la combinación habitual.
Marina mantuvo su expresión serena, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas.
—Las apariencias engañan, señor Lancaster. Como bien sabrá, el arte y los negocios tienen más en común de lo que parece. Ambos requieren visión, estrategia y... cierta disposición para asumir riesgos calculados.
Una sombra de interés cruzó el rostro de Adrien.
—Hablemos de riesgos, entonces. ¿Por qué una mujer como usted, con su educación y aparente independencia, buscaría este tipo de... arreglo?
Marina había ensayado esta respuesta cientos de veces.
—La independencia tiene un precio, señor Lancaster. Mi galería en París enfrenta dificultades financieras. El mercado del arte es volátil, y mis inversiones no han sido... afortunadas. Su propuesta ofrece estabilidad.
—¿Estabilidad? —Adrien arqueó una ceja perfecta—. ¿O simplemente dinero?
—Ambos —respondió ella sin titubear—. No veo por qué fingir nobleza. Usted necesita una esposa por razones que no me conciernen, yo necesito seguridad financiera. Es un intercambio justo.
Adrien se reclinó en su silla, estudiándola como si fuera un cuadro cuya autenticidad cuestionaba.
—¿Y el amor? ¿No es eso lo que buscan las mujeres?
Marina sonrió con lo que esperaba fuera sofisticación.
—El amor es un lujo, señor Lancaster. Y como bien sabe cualquier coleccionista, los lujos son para quienes pueden permitírselos.
Algo cambió en la mirada de Adrien. Un destello de... ¿reconocimiento? ¿Interés? Imposible saberlo.
—Hábleme de su familia —exigió abruptamente.
Marina sintió una punzada de pánico. Esta parte era peligrosa.
—No hay mucho que contar. Mis padres fallecieron hace años. Un accidente en los Alpes. No tengo hermanos.
Adrien la observó en silencio durante lo que pareció una eternidad.
—¿Ningún vínculo que pueda... complicar nuestro acuerdo?
—Ninguno —mintió ella, pensando en Ana—. Estoy completamente sola.
Él se levantó súbitamente y caminó hacia la ventana. Su silueta se recortaba contra el cielo gris de Londres.
—¿Sabe por qué la seleccioné entre cientos de candidatas, señorita Moreau?
Marina contuvo la respiración.
—Imagino que mi perfil cumplía con sus requisitos.
—En parte —concedió él, girándose para mirarla—. Pero principalmente porque su solicitud fue la única que no intentaba convencerme de que podría enamorarme. Su honestidad sobre sus motivos fue... refrescante.
Se acercó a ella con pasos medidos, hasta quedar a escasos centímetros. Marina tuvo que levantar la cabeza para mantener el contacto visual, sintiendo el calor que emanaba de él.
—Sin embargo —continuó Adrien, su voz bajando a un tono casi íntimo—, hay algo en usted que no termina de encajar. Un detalle que no puedo precisar.
Marina sintió que su corazón se detenía.
—No sé a qué se refiere.
Adrien se inclinó, apoyando ambas manos en los reposabrazos de su silla, encerrándola. Su rostro quedó tan cerca que Marina podía distinguir las motas azules en sus ojos grises.
—Si hay algo que detesto, señorita Moreau, es que me mientan. Si descubro que me oculta algo, cualquier cosa... —su voz era suave pero cargada de amenaza—, no habrá segunda oportunidad. ¿Está claro?
Marina asintió, incapaz de hablar. El perfume de Adrien la envolvía: sándalo, cuero y algo metálico, como la anticipación de una tormenta.
Él se apartó con la misma brusquedad con la que se había acercado.
—Bien. Vivian le explicará los siguientes pasos. Si todo está en orden, firmaremos el contrato en una semana.
Marina se puso de pie, sintiendo que sus piernas podrían fallarle en cualquier momento.
—Gracias por su tiempo, señor Lancaster.
Cuando estaba a punto de alcanzar la puerta, su voz la detuvo.
—Una última cosa, señorita Moreau.
Ella se giró lentamente.
—¿Sí?
—El vestido —dijo él, recorriéndola con la mirada—. Si va a ser mi esposa, incluso solo sobre el papel, necesitará uno mejor. Vivian se encargará.
Marina sintió el calor subir a sus mejillas, humillación y rabia mezclándose en su interior.
—No será necesario. Puedo vestirme sola.
Una sonrisa casi imperceptible curvó los labios de Adrien.
—No era una sugerencia.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Marina exhaló temblorosamente. Vivian la esperaba con una tableta en mano.
—Por aquí, señorita Moreau. Tenemos mucho que discutir.
Mientras la seguía, Marina escuchó la voz de Adrien a través de la puerta entreabierta de su oficina.
—Vivian, quiero una investigación completa sobre Isabelle Moreau. Algo no encaja.
El pánico se apoderó de ella. Había subestimado a Adrien Lancaster. No era solo un hombre rico buscando una esposa por conveniencia; era un depredador que olía el miedo y la mentira.
"Estoy jugando con fuego", pensó mientras seguía a Vivian por el pasillo. "Y si no tengo cuidado, me consumiré en él".