Rodrigo habló con las manos quietas sobre la mesa, como si hubiera agotado el gesto antes de entrar a la sala, como si el cuerpo ya supiera que lo que iba a decir no necesitaba énfasis porque era suficientemente pesado sin él.
Valeria lo escuchó de pie, con la espalda contra la pared de vidrio que separaba la sala de visitas del pasillo exterior, donde un guardia caminaba con el tedio de quien ha visto demasiadas confesiones para que alguna todavía lo mueva. No se sentó. Sentarse habría implica