La resolución llegó un martes, que es el día menos dramático de la semana, y por eso mismo el más brutal.
Mateo supo antes de abrir el correo. Había algo en el peso del silencio de Fernández —su abogado, un hombre de cincuenta y dos años que nunca llamaba antes de las nueve de la mañana y que ese día marcó a las siete cuarenta y tres— que ya contenía la respuesta antes de que empezara la pregunta. Los abogados buenos aprenden a no decir nada con la voz. Los abogados excelentes aprenden a decir