El trayecto a Saltillo lo hicieron casi sin hablar, que era la única forma en que Mateo y Valeria sabían moverse cuando la gravedad de algo los excedía a los dos al mismo tiempo. Él conducía con la mandíbula apretada, esa tensión que Valeria ya reconocía como la antesala de una furia fría, calculada, el tipo de furia que no explota sino que encuentra la grieta exacta por donde colapsa una estructura. Ella tenía el teléfono en la mano pero no miraba la pantalla: miraba el asfalto adelante, el ho