El juez Arriaga tenía la voz de quien ha leído demasiadas resoluciones en salas sin ventanas, una voz plana como escritorio de madera vieja, sin inflexiones que pudieran confundirse con esperanza o con amenaza. Leyó los considerandos en el orden preciso que exige el protocolo, y Valeria escuchó cada sílaba con la misma concentración con que se escucha el diagnóstico que uno ya sabe pero que necesita oír pronunciado en voz alta para creerlo. A su lado, Mateo tenía la mano derecha entrelazada con