Arturo Villanueva tenía las manos quietas sobre la mesa, lo cual era, para quienes lo conocían, la señal más clara de que estaba mintiendo. Pero esta vez no mentía. Esta vez las manos quietas eran el esfuerzo de un hombre que ha decidido no escapar y está aprendiendo que quedarse también tiene su peso físico, su temperatura en los nudillos, su presión particular en la base de los pulgares.
La fiscal Romo llevaba cuarenta minutos y Sofía observaba desde el vidrio, de pie, sin apoyarse en la pare