Abajo, en el gran salón de la mansión, el eco de los taconeos furiosos de Damián hacía temblar las lámparas de cristal como si la casa misma tuviera miedo. Coni estaba de pie en el centro de la habitación, con las manos entrelazadas con fuerza y la barbilla en alto, aunque todo su cuerpo temblaba de forma sutil pero visible.
—¡Inútil! ¡Vieja estúpida! —el rugido de Damián desgarró el aire antes de que su mano volara con violencia brutal contra el rostro de Coni. La bofetada resonó como un latig