El motor de la camioneta RAM blindada rugió en la oscuridad de un callejón trasero, a un par de kilómetros de la pira en la que se había convertido la mansión Petrov. Alaric saltó el muro perimetral con Anastasia en brazos, cubriéndola con la bata de seda que ya se manchaba de hollín y sangre.
Mike abrió la puerta trasera del vehículo de inmediato, sosteniendo su arma con una mano y vigilando la retaguardia.
—¡Súbela, jefe, muévete! ¡El convoy ruso se está reorganizando en la avenida principal!