El Golden Tsar, el casino principal de la Bratva Petrov y la joya de la corona financiera de Damián, era un caos de luces parpadeantes, alarmas sordas y el olor acre del plomo caliente mezclado con el hierro de la muerte. No había sido un robo; no se habían llevado un solo fajo de billetes de las bóvedas. Había sido una carnicería silenciosa, una ejecución de precisión quirúrgica militar que tomó menos de diez minutos.
Cuando Damián cruzó las puertas de cristal destrozadas, sus botas resonaron