Anastasia se encontraba de pie en el centro de su enorme habitación en la mansión Turner, contemplando el reflejo del atardecer a través de los ventanales. El silencio del lugar era un bálsamo, pero su mente era un hervidero. Intentaba procesar la avalancha de verdades que acababa de caer sobre ella. Aquel chico de veinte años, el asesino letal que la había defendido en medio de una guerra sangrienta hace cinco años, era el mismo hombre que ahora gobernaba la mafia gringa bajo el nombre de Alar