Julienne Percy
Mi hijo reía a carcajadas mientras le pasaba la pelota de un lado a otro con las manos torpes, y yo hacía muecas exageradas cada vez que fallaba al atraparla. Su risa era mi medicina. Era lo que me mantenía firme, a pesar del vacío que sentía desde hace días en el pecho. Davian no había llamado, y aunque trataba de no pensar lo peor, una parte de mí gritaba que algo no estaba bien.
—¡Khaos, atrápala! —le dije entre risas mientras lanzaba la pelotita con suavidad. Él la atrapó, o