Davian Taleyah
Las luces de mi oficina aún estaban encendidas cuando el reloj marcó las once de la noche. El silencio era absoluto, salvo por el suave tic-tac del reloj colgado frente a mí y el ocasional susurro del viento más allá de los ventanales. La mayoría de los miembros de la manada ya dormía, pero yo llevaba horas revisando los informes que llegaban a través de canales de comunicación internos. Algo no encajaba.
Los territorios del este, aliados de la familia Taleyah, habían enviado una