Yo miraba por la ventana. Nueva York se veía borrosa, como mis propios recuerdos. Pensaba en Thomas. Lo había dejado en casa con tres niñeras y un equipo de seguridad que parecía un pequeño ejército. Me dolía el pecho por estar lejos de él, pero tenía que hacer esto. Tenía que cerrar esta puerta para que él no tuviera que cargar con mis fantasmas.
—¿Estás bien? —preguntó Julián sin quitar la vista de la carretera.
—No —respondí con sinceridad—. Siento que voy a ver a un monstruo, no a mi padre.