Me obligaron a ponerme un mono naranja que me quedaba grande y me recordaba, a cada segundo, que mi identidad anterior había sido borrada por completo. Mis manos volvieron a las esposas y mis pies a los grilletes. El sonido de la cadena arrastrándose por el suelo de cemento se convirtió en mi nueva banda sonora.
Me llevaron a una sala de conferencias blindada, lejos de las celdas del sótano. Esta habitación era distinta a la de los interrogatorios. Había luz natural entrando por una ventana est