El techo de la celda era de un blanco tan puro que dolía mirarlo. No tenía las sombras del ático ni los reflejos del cristal de la torre. Era simplemente hormigón pintado, liso y mudo. Me desperté con el sonido de una bandeja de metal golpeando la trampilla de la puerta. El olor a huevos de polvo y café quemado llenó el pequeño espacio de cuatro metros cuadrados. Intenté incorporarme, pero mi pierna derecha lanzó un latigazo de dolor que me obligó a soltar un gemido. Estaba vivo, pero mi cuerpo