La oscuridad en la habitación era tan espesa que sentía que me ahogaba. Me quedé congelada en el suelo del baño, con el microchip clavado en la palma de mi mano. El corazón me golpeaba las costillas como un animal enjaulado. Entonces lo oí: el crujido del marco de la ventana al ceder y el roce de unas botas contra la alfombra. No era Julián. Julián no necesitaba entrar por la ventana de su propia casa, y Julián no caminaba con esa ligereza asesina.
Me metí el microchip en la boca, escondiéndolo