Una vez finalizada la asamblea, los murmullos de la manada se disiparon poco a poco entre las paredes de piedra. Sin embargo, algunas miradas permanecieron sobre Lila, cargadas de curiosidad… y desconfianza.
Alfonso no volvió a mirarla.
—Carmen —ordenó él sin volverse—. Encárgate de ella.
De entre la multitud, una mujer dio un paso al frente. Su presencia no era imponente, pero su expresión transmitía una calma serena, casi maternal.
—Sí, Alfa.
Alfonso asintió apenas y se marchó sin decir nada