Alfonso se acercó a ella sin hacer ruido. La tenue luz de la lámpara apenas iluminaba el rostro de Lila, y por un instante no pudo evitar fijarse en la suavidad de su piel, era hermosa. Sin embargo, sacudió la cabeza como si quisiera apartar aquel pensamiento de inmediato, y desvió la mirada hacia sus manos. Todavía sostenía con fuerza el bolígrafo con el que había estado escribiendo.
Con cuidado de no despertarla, tomó los documentos que estaban atrapados bajo su brazo y comenzó a leer. Era el