Lila se aseguró de que aquel hombre estuviera bien y se enderezó, completamente confundida, pues en su mundo la palabra maldición era casi inexistente.
—No tiene sentido lo que dice, ¿ha presentado más síntomas? —interrogó a la mujer, quien estaba a punto de seguir hablando cuando, de repente, la puerta de la tienda se abrió, dejando a todos en silencio.
—¡Alfa! —exclamó la tendera.
Alfonso avanzó sin detenerse, dirigiéndose primero hacia el hombre que acababa de recuperarse, y luego alzó la