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Capítulo 6 Un lugar inesperado

—Agárrate fuerte, de lo contrario, si caes desde esta altura, no solo el bebé que llevas en el vientre, sino tú también saldrás muy mal herida.

El viento golpeaba el rostro de Lila con una violencia que le hacía llorar los ojos. El lomo del enorme lobo plateado bajo ella se movía con una velocidad aterradora, saltando de azotea en azotea, deslizándose por callejones y desapareciendo en la oscuridad de la noche.

Lila se aferró con ambas manos al espeso pelaje de Alfonso. Sus dedos temblaban, sus uñas se enterraban en el pelo plateado mientras su corazón latía con una fuerza descontrolada.

A pesar de sus palabras bruscas, Alfonso hacía fuerza en secreto, tensando los músculos del lomo para que ella tuviera una superficie estable, inclinando su cuerpo en los saltos para protegerla del impacto del viento.

Finalmente, tras lo que le pareció una eternidad, el lobo se detuvo.

Habían salido de la ciudad.

Ante ellos se extendía una vasta extensión de bosque oscuro, iluminado por una luna llena que parecía demasiado grande y brillante. Alfonso avanzó entre los árboles, sus patas apenas hacían ruido sobre la tierra húmeda.

 Sin previo aviso, el cuerpo bajo ella se sacudió, y en un instante, el enorme animal volvió a transformarse en el hombre alto y musculoso que conocía.

Lila cayó hacia adelante, y Alfonso la sostuvo antes de que tocara el suelo.

—Ya llegamos —dijo con voz grave.

Lila se apartó de él de inmediato, con el rostro pálido y las piernas aún temblorosas.

Docenas de ojos brillaban en la penumbra.

Hombres y mujeres, algunos aún con rasgos parcialmente animales, la observaban en silencio. Sus pupilas reflejaban la luz con un brillo antinatural. Sus miradas eran curiosas, recelosas… y algunas claramente hostiles.

Un murmullo comenzó a recorrer el lugar.

—¿Es humana?

—¿El Alfa trajo una humana?

—Huele extraño…

Lila retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra el pecho de Alfonso.

Él colocó una mano firme sobre su hombro.

—Basta —ordenó con voz autoritaria.

El silencio cayó de inmediato sobre la manada. Lila sintió un escalofrío.

Sin darle tiempo a procesar nada, Alfonso la guió por un pasillo lateral. Caminaron entre túneles tallados en la roca hasta llegar a una puerta de madera reforzada.

—Esta es mi habitación —dijo, abriéndola.

El interior era amplio, con una cama enorme cubierta de pieles grises, una mesa, una chimenea de piedra y una ventana natural que dejaba entrar la luz de la luna. Era sorprendentemente limpio y ordenado.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, el silencio se volvió pesado.

Lila se giró de golpe hacia él.

—¡Estás loco! —estalló, con la voz quebrada—. ¡Me secuestraste! ¡Me trajiste a un agujero lleno de… de lobos!

Su pecho subía y bajaba con violencia, mientras que sus ojos miraban a su alrededor, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. 

Alfonso la observó en silencio unos segundos antes de hablar.

—Te traje a un lugar donde estarás a salvo.

—¡No necesito tu protección! —replicó ella—. ¡Quiero volver a casa!

Alfonso frunció el ceño.

—No puedes.

—¡Claro que puedo! —gritó, señalando la salida—. ¡Yo no pertenezco a este lugar! Además debo regresar a cuidar a mi madre.

El hombre respiró hondo, tratando de contener su temperamento.

—Por ella no te preocupes, en la manada tenemos un hospital muy avanzado, mucho mejor que el de los humanos para este tipo de casos, haré que mañana mismo la trasladen allí.

—Pero yo me quiero ir…—Lila bajó la mirada pensativa, aun confundida por el lugar en donde estaba.

—Lila… no existe ningún registro de una humana embarazada de cachorros de lobo —dijo con voz más baja—. Tu cuerpo no está preparado para esto.

Ella apretó los puños.

—¡Eso no te da derecho a decidir por mí!

—Si vuelves ahora —continuó él, ignorando su protesta—, corres el riesgo de que tu organismo rechace el embarazo. En el mejor de los casos, perderás a los bebés. En el peor… —su mirada descendió hacia su vientre— podrías morir.

Lila tragó saliva.

—Eso… eso es una mentira para asustarme, ni siquiera estoy segura de estar embarazada de un lobo.—susurró.

—El embarazo de los lobos dura tres meses —añadió él—. No nueve como el de los humanos. Tu cuerpo ya está cambiando para adaptarse.

Las palabras la golpearon con más fuerza que cualquier grito.

—¿Tres… meses?

—Si te quedas aquí, podremos vigilarte. Si regresas al mundo humano, los médicos notarán que algo no está bien. No podrás ocultarlo.

Lila se llevó una mano al vientre, sintiendo una mezcla de miedo y desconcierto.

—Yo… —susurró—. Yo quiero tenerlos.

Alfonso la miró con sorpresa y a la expectativa. La expresión de Lila cambió y en sus ojos se reflejó el pánico. 

—Fui abandonada cuando era niña —continuó ella, y sus ojos de repente se humedecieron—. Mi madre me recogió de la calle. No puedo… No puedo quitarle la oportunidad de vivir a estos niños. No soy capaz de hacer algo así.

El rostro de Alfonso se suavizó por primera vez.

—Entonces quédate —dijo—. Solo tres meses.

Ella lo observó en silencio. Era rudo, dominante… pero desde que la había traído, no la había tocado con violencia. Lila respiró hondo. Lo que más quería ella era un lugar para huir lejos de aquel dolor que le causaba pensar en Alejandro y su traición, sin embargo no estaba segura de si confiar en lo que tenía frente a ella, así fuera lobo, terminaba siendo un hombre, y no podía confiar en alguno sobretodo después del maltrato al que fue sometida por parte de Alejandro. 

—¡No! Definitivamente no. Tengo que irme.

Un destello rojo y profundo emanó de los ojos del Alfa, atravesando los de ella, Lila apenas parpadeó. Él sabía que Lila no accedería por las buenas, así que tendría que acudir a algunos trucos de magia para poder tener vigilados cada uno de sus movimientos. En solo unos segundos, Lila sintió una extraña sensación en su cuerpo; antes de que pudiera preguntar qué pasaba, Alfonso dijo:

—Te he lanzado un hechizo. De ahora en adelante, conoceré tu paradero, tus planes, tus acciones e incluso tu estado de salud. No podrás escapar sin que yo lo sepa.

—¡Esto es encarcelamiento! —protestó Lila.

Alfa esbozó una sonrisa satisfecha:

—Y qué, si lo es. Después de todo, estás en mis manos. Pero no te preocupes; debes creer que no te haré daño.

—De acuerdo —respondió Lila resignada, tras unos segundos de silencio.

Aunque su mirada dejaba claro que no tenía ninguna intención de cumplir esa promesa.

***

Esa misma noche, Alfonso convocó a la manada.

Lila caminaba a su lado por el gran salón de la mansión, sintiendo decenas de miradas clavadas en su espalda.

Los lobos se reunieron en semicírculo, algunos de pie, otros sentados sobre rocas o bancos de madera.

Alfonso avanzó hasta el centro.

—Quiero que todos escuchen —dijo con voz que resonó por todo el recinto.

El murmullo cesó.

—He encontrado a mi compañera.

Un silencio absoluto cayó sobre la manada. Lila parpadeó, sorprendida. No esperaba esa palabra. Ni siquiera entendía muy bien a que se refería.

—Su nombre es Lila —continuó él—. Por circunstancias especiales, ella no puede transformarse. Su lobo interior está dormido. Permanecerá con nosotros hasta que recupere su fuerza.

La mentira salió con naturalidad de sus labios. Las reacciones no se hicieron esperar.

—¿Una compañera sin lobo?

—¿Eso es posible?

—El Alfa jamás se equivocaría…

Lila se mantuvo rígida, sintiendo que estaba interpretando un papel en una obra que no entendía.

Entonces sintió una mirada diferente, más fría y penetrante que la atravesaba sin tan siquiera acercarse.

Giró la cabeza siguiendo esa sensación y su corazón se detuvo.

Entre la multitud, de pie junto a una columna de piedra, una mujer la observaba con una expresión sorprendida, pero al mismo tiempo llena de furia.

Cabello oscuro, figura elegante incluso bajo las ropas sencillas de la manada no dejaba  de verse llamativa.

¡Sara.!

El aire se le quedó atrapado en la garganta.

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