Mundo ficciónIniciar sesiónLila permanecía rígida, todavía aferrada a Alonso.
Solo había visto criaturas así en películas románticas como crepúsculo y novelas de fantasía. Seres irreales, condenados a existir únicamente en la imaginación de otros. Jamás pensó que uno pudiera estar de pie frente a ella, mirándola con esa expresión posesiva, urgente, y reclamando como suyos a los hijos que llevaba en el vientre.
El mundo parecía haberse torcido.
—Esto no es real… —murmuró con la voz rota—. Esto no puede estar pasando, ¡Es una maldita broma! Señor, puedo entender que usted crea que hay un error, pero no es necesario que me trate como si fuera estúpida, ¿Hombre lobo? Por favor, es una broma de Alejandro ¿cierto? Dígame que es una broma.
Alfonso, al notar su palidez y su respiración agitada, bajó ligeramente la cabeza, como si intentara suavizar su presencia.
—Lila… no tengas miedo.
Ella negó con la cabeza, se levantó lento del piso y retrocedió.
—¿Cómo no voy a tenerlo? —susurró—. ¿Acaba de decirme que es un… hombre lobo?
Él asintió con gravedad.
—Soy el Alfa de una manada. Mi especie no puede reproducirse con facilidad. Las parejas verdaderas son raras. Casi inexistentes, no he podido encontrar a mi compañera con la cual puedo tener a mis hijos.
Hizo una pausa breve y suspiró al recordar su desdicha.
—La manada necesita herederos. Construí este hospital con la más alta tecnología [8] y los mejores especialistas para poder recurrir a una reproducción asistida, no entiendo que pasó contigo, si es que todo estaba planeado.
Los ojos de Lila se llenaron de lágrimas.
—¿Planeado? —repitió con incredulidad.
—Pero algo salió mal —continuó Alfonso, bajando la mirada hacia su vientre—. Ahora ya no importa cómo ocurrió. Esos niños existen. Son míos. Y tú solo necesitas parirlos, yo cuidaré de ellos, y voy a cuidar de ti durante tu embarazo, te pagaré mucho dinero, te daré todo lo que me pidas. Incluso le daré el mejor tratamiento a tu madre.
Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Lila.
—¿Solo parir? —dijo con una risa temblorosa—. ¿Usted entiende lo que está diciendo?
Alfonso dio un paso hacia ella.
—Te llevaré conmigo a un lugar seguro, no debes seguir aquí.
Extendió la mano hacia su brazo. En ese instante, la puerta se abrió de golpe.
—¡Lila!
Alejandro irrumpió en el consultorio con el rostro desencajado.
Sus ojos se clavaron en Alfonso. Y por primera vez en su vida, Alejandro Montenegro sintió una amenaza real.
—¿Quién demonios eres tú?
Alfonso se irguió. Ambos hombres se observaron como dos depredadores.
—Aléjate de ella —ordenó Alejandro, colocándose delante de Lila.
Ella, temblando, quedó en medio de los dos.
—Lila me pertenece —añadió Alejandro con voz dura—. Aunque esos hijos sean tuyos, puedo permitir que nazcan. Pero no te la vas a llevar. ¡Ella es mía!
Alfonso, malhumorado sonrió, pero no fue una sonrisa de felicidad, fue una sarcástica, calculadora y llena de ira.
—Ella no es tuya.
—Todo lo que ella es, es gracias a mí —escupió Alejandro con sorna. —Además, ella es la madre elegida para tener a mi hijo, ella se va conmigo.
—¡Imbécil! Tú debes ser Alejandro, pues no se va contigo, ella se va conmigo, soy el más adecuado para cuidar de su embarazo y mis hijos.
El pecho de Lila se contrajo, ni siquiera podía respirar controlada.
—¡Basta! —gritó.
Ambos guardaron silencio y dirigieron sus miradas directamente a ella.
—No soy un objeto que puedan rifarse —continuó—. Los niños solo son míos.
Luego Lila miró a Alejandro.
—Escuché todo lo que estabas hablando con Sara en tu oficina, siento una profunda repulsión por ti y nuestra relación es enfermiza, por fortuna estos bebés no son de ustedes.
Luego miró a Alfonso.
—Y a ti ni siquiera te conozco, ¿Cómo podría confiar en ti?
Alfonso la miró confundido, entendía que no podía confiar en él, pero no le arrebataría sus lobeznos.
Alejandro intentó tomarla a la fuerza del brazo.
—Te vienes conmigo.
—¡Suéltala! —rugió Alfonso.
Y en un movimiento completamente inesperado, levantó su mano y de un solo golpe derribó a Alejandro, estrellándolo contra la pared.
De inmediato, sus pupilas ardieron en rojo, y como si fuera una fiera salvaje, su cuerpo comenzó a transformarse.
Un enorme lobo plateado ocupó su lugar.
Lila palideció, dio unos cuantos pasos hacia atrás, sintiendo que el corazón se le iba a salir por la boca. Un lobo de casi dos metros, imponente, fuerte, y rapaz estaba frente a ella.
Alfonso, aprovechando que ella estaba estática, la levantó y la colocó sobre su lomo y a toda velocidad saltó por la ventana, sin importarle las circunstancias en las que estaban, Lila, con una mano se aferró con fuerza y con la otra abrazaba su vientre, aun aturdida por la revelación, era obvio que lo que estaba pasando no era producto de su imaginación.







